París ya no es París.

La ciudad de las ratas.

Trigésimo noveno relato "Living la vida Georgia" 23 marzo, 2018

Dejé de meter monedas para que funcionaran los ascensores, los sabrosos kinkhalis, y las montañas nevadas del Cáucaso, y lo cambié, momentáneamente, por la fría lluvia y la belleza de París en invierno.

Me sentía la mujer más afortunada del mundo por estar en una de las ciudades más emblemáticas del planeta, donde gente venida desde cada rincón, enamorados, bohemios y artistas se mezclan con los locales para formar ese genuino cóctel que es la ciudad de la Luz, sin ni tan siquiera intuir, que lo que nos íbamos a encontrar todavía me anda persiguiendo en sueños.

Optamos por dar un paseo por la ciudad y el centro de arte moderno Georges Pompidou fue el inicio de nuestra ruta. Frustrados ante la imponente cola que había que hacer para poder entrar en este magnifico y colorido edificio, decidimos ir a comprar algo de comida para aprovechar el tiempo de espera. Buscando una panadería cruzamos los jardines laterales adornados con unas fuentes y varias estatuas con mosaicos de colores. A plena luz del día, unas enormes e insolentes ratas, luciendo unos largos y espantosos rabos nos rodearon y altivamente, nos cortaron el paso mientras, sin miedo ni verguenza, se abalanzaban sobre restos de comida dejados por otros turistas.

Un fuerte sentimiento de repulsión, unido a un miedo atávico se apodero de mi y espantados retrocedimos con un fuerte nudo en el estómago. Nuestra anfitriona nos informó que tras las inundaciones la cantidad de ratas había crecido, exponencialmente, en la ciudad y que, lamentablemente, era demasiado fácil encontrarse con estos desagradables animales.

Continuamos el paseo pero París ya no era París, ni para el descerebrado de Trump, ni para mi. Por más que buscaba no podía encontrar el París de las seis de la mañana que cantaba Dutronc, ni el dulce París de Amelie Poulain ni el bohemio de Edith Piaf. La ciudad intentó deslumbrarnos con sus encantos pero esas sensaciones fueron, totalmente, empañadas por la suciedad de la ciudad, un olor nauseabundo en ciertas estaciones de metro, las obras en las calles y mi miedo angustioso a volver a encontrarme con más ratas.

No me lo podía quitar de la cabeza. La Ciudad de la Luz y del Amor, la deseada metrópoli donde tantas personas sueñan algún día con desgastar sus zapatos paseando por ella, estaba infestada de ratas. Había oído hablar del síndrome de París donde los turistas ante unas frustradas altas expectativas se ven involucrados en un cuadro de ansiedad que puede degenerar hasta en suicidio. Y allí estaba yo, aterrorizada, sin haber sentido nunca este síndrome, pero entendiéndolo perfectamente. Me encontraba en una ciudad que siempre me había gustado, pero con todos los músculos en tensión , mirando de reojo a todos los desagües, esquivando todos los contenedores o cualquier otro sitio donde se pudiesen resguardar estos malditos roedores, sintiéndome, francamente, mal.

Nuestra anfitriona bromeó con la situación, nos llevó a una tienda donde unas ratas enormes pendían de descomunales cepos y allí finalizamos nuestro paseo, con un doble nudo en nuestro estómago.

Cada ciudad tiene sus peligros. Jerusalén tiene otro síndrome asociado que quien lo sufre se cree un personaje bíblico.

Así que siempre puede ser peor.

 

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