Me cansé de esperar.

Lo que pasa cuando ya no se espera nada.

Trigésimo segundo relato "Living la vida Georgia" 2 febrero, 2018

Música: Loreena McKennitt - Tango to Evora

Una simple preposición, puesta en el lugar adecuado, puede cambiar el significado de una frase. "Esperar algo" no es lo mismo que "Esperar a algo". Mientras, que la primera construcción, se emplea para indicar que se tiene la esperanza de que ese algo suceda, la segunda expresión, se utiliza para señalar que se da cierto tiempo a que ese algo ocurra.

En mi caso, me he pasado la vida "Esperando algo" sin definir, muy bien, cuando ese algo tenía que acaecer. Cuando era pequeña, recuerdo como esperaba con ansia el día de los reyes magos, aunque algunos años no vinieron, yo no perdí nunca la fe en ellos. También recuerdo esperar los recreos, en el cole, para jugar a la comba, así como esperar el verano para irme de campamento o el mes de agosto para que viniesen mis primos.

Si me visualizo un poco más tarde, debo reconocer, que la espera marcaba mi vida. Esperaba las rebajas para comprarme unos pantalones. Me pasaba las horas esperando al cartero para que me trajese esas cartas, que leía tres veces y guardaba en la caja encima del armario. Esperaba un tren para ir a Alicante o un autobús para volver a mi pueblo. Esperaba con afán la noche del viernes y sobretodo, que me saliese un cinco en el parchís.

Los años pasaban y mientras esperaba que me creciese el pelo, me encontré esperando en el aeropuerto de Tokio, un avión para ir a Nueva Zelanda. Esperé miles de emails. Esperaba, sin hacer nada, mientras que el agua de la olla se calentaba para echar la pasta. Esperé pacientemente que llegase mi príncipe azul, y hasta esperé un anillo de pedida.

Seguí esperando. Miles de veces esperé que acabara de llover, esperé segundas oportunidades que no llegaron, esperé que el teléfono sonara, y casi todas las mañanas, esperaba que se me hicieran las tostadas. En incontables ocasiones, esperé un sí, como en otras tantas, esperé también un no. Mirando por la ventana, esperaba que la nieve siguiera cayendo y cubriera de blanco esa ciudad bendita. También, esperé a que el timbre del microondas, me diese luz verde y cómo no, esperé la nomina, con la misma impaciencia con que esperaba que llegasen las siete de la tarde.

Esperé innumerables taxis, para volver a casa, después de viajes exóticos, hasta que un día, sin saber muy bien porqué, me cansé de esperar. Georgia con sus leyendas milenarias, y su gastronomía de lujo, me ha acogido con los brazos abiertos, al igual que Armenia, con su alfabeto ilegible y su espontanea amabilidad. Y aquí me encuentro, perdida y sin esperar nada, en esta parte del Cáucaso, donde las calles no están marcadas, donde hay ventanas con luces brillantes y otras muchas oscurecidas, sin atreverme mucho a entrar o a permanecer fuera, sin saber, cuanto puedo ganar o cuanto puedo perder, y si debo continuar, a la derecha o a la izquierda.

No sé lo que viene después y si merece la pena, lo único que percibo es que así, sin esperar nada, es cuando las cosas comienzan a suceder.

Una de las cosas más destructiva que hacemos es pasar la vida esperando. Los grandes sueños y aspiraciones quedan diluidos por la inercia de los eventos ordinarios e, inconscientemente, almacenamos nuestras metas en la linea de salida sin cruzarla nunca. Mañana. Después de mi promoción. Cuando consiga el dinero. Cuando el tiempo sea el correcto. Después de que arregle las cosas. Cuando termine de aprender Estas frases parecen ser razones válidas para esperar, pero generalmente son solo excusas usadas para racionalizar una elección más fácil. Peor aún, esperar es mucho más fácil que trabajar hacia nuestro objetivo Y aunque puede ser un lugar fácil, es un lugar totalmente insatisfactorio.

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