El Cañón de Martvili y la Plaga de Chinches.

Relato salvaje.

Vigésimo tercer relato "Living la vida Georgia" 6 octubre, 2017

Recién entrado el otoño, con calores propios de agosto y sin ninguna pretensión, decidimos visitar los cañones de Okatse y Myrtvili, y las cuevas y cascadas, que el río Abasha ha ido creando durante años. Elegimos justo ese día en que, después de las intensas lluvias y tras la subida de las temperaturas, una plaga de chinches de campo deambulaba por la zona.

Como si de una película de terror de los años 60 se tratase, una nube de asquerosos y apestosos insectos voladores, por unos minutos nos rodeó. Refugiados en el coche, oíamos como bailaban macabramente repiqueteando contra los cristales. Nerviosos, temíamos que entrasen por algún resquicio abierto pero igual de rápido que llegaron, se fueron, dejándonos un poco perturbados, dudando de la veracidad de lo que nuestros sentidos nos habían transmitido.

Continuamos nuestro viaje y una enorme cruz dorada con un cristo nos indicó que habíamos llegado a Myrtvili. Desde la carretera no se intuía nada, tras continuar por esta, al lado de un lúgubre cementerio, nos encontramos un parking y la señal inequívoca, que era el emplazamiento correcto, pero del cañón no se veía ni rastro.

Con un kayac nos adentramos en las intimidades del espectacular cañón, por un río verde esmeralda. El cañón era sinuoso, la vegetación cubierta de moho daba un frescor y un cierto ambiente faunístico a la escena. Este nos recibió acurrucado, escondido sin atreverse a desvelar toda su hermosura y frondosa vegetación, sin embargo, cuando lo hizo, se reveló de golpe. Calmadamente y agradecidos por la ausencia de turistas, fuimos remando hasta llegar a un recodo donde pudimos apreciar, aprisionada por el propio cañón, una cascada que se derramaba de la cueva Toba, creando un paisaje que hubiese hecho las delicias de cualquier hada o ninfa. La indescriptible belleza natural de las calas aisladas y las aguas azules y verdes de la corriente que fluye a través del cañón escondido nos fascinaron y entendimos, rápidamente, porque hace muchos años el cañón de Martvili fue un lugar de baño para los nobles georgianos. En una especie de bruma, atravesada por los rayos del sol, continuamos el paseo a pie, maravillándonos con todas las cascadas, miradores y puentes que hay en el margen izquierdo del rio y sin poder evitarlo pensando en faunos, elfos, ninfas y todos los seres que en la mitología suelen habitar lugares como este.

De vuelta de nuestro paseo por el cañón, nos refugiamos de nuevo en el coche con una sensación de deja-vù. Las sensaciones de hastío y de éxtasis habían sido similares, breves pero intensas. Exactamente el mismo lapso de tiempo con que nos habíamos hastiado con los chinches, había bastado para extasiarnos con la belleza del cañón. Justo cuando ambas cosas habían desaparecido nuestras mentes turbadas por esas sensaciones, recelaban de que allí escondido, al igual que el odiado enjambre también estuviese un majestuoso cañón.

Lo mejor y lo peor. El eterno Yin y Yang de la filosofía oriental concentrado en una anodina excursión.

O nó, quién sabe.